San La Muerte
(Historia de Christian von Wernich)
Por Juan Cruz Varela
El martillo cayó exactamente a las 19.39 del martes 9 de octubre. Entonces los pañuelos blancos elevaron en un solo grito el rostro de Jorge Julio López cargado de reclamo. Camisa celeste, cuello clerical, chaleco antibalas, el hombre de cabeza calva y cana mantuvo su gesto adusto e imperturbable y apenas si pudo esbozar una sonrisa nerviosa. Había perdido ya su actitud provocadora, desafiante. Juntó las manos delante del cuerpo, dejó que le coloquen las esposas y marchó detrás de los policías que lo conducirían nuevamente a su celda en el penal de Marcos Paz.
Christian Federico von Wernich acababa de ser condenado a la pena de reclusión perpetua por considerárselo partícipe necesario en la privación ilegal de la libertad agravada de 34 personas y coautor de la aplicación de tormentos agravados de 31; y coautor de la privación de la libertad agravada y del homicidio triplemente calificado de siete personas cometidos en el marco del genocidio ocurrido entre 1976 y 1983 en la Argentina. Ese día se convirtió en el primer sacerdote de América Latina y el segundo en el mundo en ser condenado por crímenes de lesa humanidad.
Von Wernich nació el 27 de mayo de 1938 en San Isidro, aunque llegó a Concordia cuando tenía apenas dos años de vida. Fue el cuarto de diez hermanos -cuatro mujeres y seis varones-, hijos de uno de los primeros forestadores de la región y de una mujer de una fina familia de Buenos Aires.
El padre, Guillermo von Wernich, administraba bienes y quintas cítricas y llegó a hacer una fortuna, pero la dilapidó. Era uno de los referentes sociales y culturales de una época en la que Concordia era una ciudad próspera, pero en la que el poder del capital financiero marcaba el rol de las clases sociales. Y los chicos bien de la ciudad apuraban su crecimiento tomando mucho y fumando más. Su característica era la impunidad.
Queque, como le decían, era de uno de esos jóvenes, que creía normal cruzar en diagonal la Plaza 25 de Mayo montado en un jeep descapotable y a toda velocidad frente a la Jefatura Departamental de Policía; o perseguir con el mismo vehículo al entonces director del Colegio Nacional, Rafael Dickestein -también fue víctima de algunos bombazos de alquitrán-, por considerarlo incapaz de dirigir la institución por su condición de judío, en tiempos en que formaba parte de las patotas que defendían la “educación libre” con manoplas y cadenas. Y como hijo bien aprendido de la prepotencia, en 1955, tras la caída del gobierno peronista, fue parte de las hordas que arrastraron los símbolos del movimiento popular, como el busto de Evita, destrozaron los autos de quienes consideraban sus enemigos y organizaron caravanas de festejos por el golpe. Ya era entonces un adolescente que organizaba el becerro, como llamaban a las fiestas negras, de las que participaban entre ocho y diez muchachos y dos o tres chicas a las que definían como “liberales”, para aclarar que no se trataba de prostitutas; y de picadas en la zona del puerto con autos propios o robados que luego dejaban abandonados. “Era un muchacho pintón”, insisten en recordar algunos. “Tal vez un poco mujeriego aunque nunca se le conoció una novia”, rememoran todavía otros.
Nadie recuerda exactamente en qué momento de su vida encontró la vocación religiosa. De hecho, durante la década de 1960 Von Wernich no terminaba de encontrar su lugar en el mundo, y luego de empezar y largar un par de veces el Seminario, quiso convertirse en dandy. Mujeres no le faltaban aunque, como reveló una de ellas muchos años después, “era demasiado chiquilín y superficial”. Recorrió Europa y Estados Unidos y luego retomó sus estudios sacerdotales. Su ordenación se dio recién a los 35 años y de una manera bastante poco clara. En Concordia no obran datos de ello porque, según la información que dieron en la Diócesis al tribunal que lo condenó hace unas semanas, Von Wernich cursó sus estudios en el Seminario de Paraná. Sin embargo, hay quienes aseguran que no pasó por el Seminario y otros afirman que fue expulsado. Lo cierto es que por sus pecados juveniles varios obispos se negaron a tomarle juramento, hasta que el arzobispo de La Plata, Antonio Plaza, lo hizo el 31 de marzo de 1974.
Inmediatamente se conectó con el grupo represivo de la ciudad, que estaba organizado por Ramón Camps, un nefasto personaje oriundo de Paraná al que había conocido por intermedio del coronel Manuel Alejandro Morelli -el mismo que ordenó la Masacre de Fátima-, que estaba casado con su hermana Susana.
La patota tenía el tono de una cruzada religiosa: Camps se declaraba defensor de los valores occidentales y del cristianismo y el propio Plaza era quien bendecía el uso de la picana. En ese esquema, Von Wernich tenía un rol específico: era quien realizaba el trabajo de campo en los centros clandestinos de detención. Con sotana o sin ella, llegaba después de tres, cuatro o cinco días de tortura y a quienes soportaban y no cantaban les sugería que debían hacerlo en nombre de Dios. “La vida de los hombres depende de Dios y de tu colaboración”, solía decir a los detenidos. Para extraer información utilizaba el secreto confesional, aunque en el juicio se animó a decir que “ningún sacerdote de la Iglesia Católica Apostólica Romana violó el sacramento de la confesión a lo largo de los 2.000 años de historia o lo usufructuó para fines no determinados”.
Concordia siempre fue un lugar de permanente retorno para Von Wernich. Nunca faltaba para las fechas importantes. Llegaba en su automóvil, que guardaba en el lavadero y estacionamiento de su hermano, con una potente radio de gruesa antena que le permitía comunicarse con el mundo. Y en la guantera tenía más de una docena de documentos de identidad y carnet de conductor con diferentes nombres y su foto.
En 1978 le tocó cumplir otra misión para la dictadura. Como lo hizo Alfredo Astiz en Francia, Von Wernich fue enviado a Nueva York para infiltrarse en los organismos de derechos humanos que buscaban informaciones sobre los desaparecidos. Sin embargo, fue descubierto y retornó a Buenos Aires.
Cuando la dictadura comenzaba a derrumbarse y él a quedarse sin apoyos políticos, buscó refugio en un pequeño pueblo del centro de la provincia de Buenos Aires, llamado Norberto de la Riestra. Allí lo encontró el retorno de la democracia. Parecía un lugar ideal para esconder su pasado y pasar por un simple profesor de inglés, compinche de los estudiantes secundarios entre campamentos y fiestas colegiales. Pero su ambición lo traicionó. A principios de 1988, pidió su traslado a una Diócesis más importante, y en Bragado volvieron los problemas cuando la madre de Cecilia Idiart -una de las siete personas asesinadas por las que fue condenado- comenzó a organizar marchas y escraches en su contra.
Nuevamente buscó resguardo en un pueblito, aunque ahora fuera del país. Von Wernich viajó silenciosamente a Chile y recaló en la parroquia de El Quisco, a 15 kilómetros de Isla Negra. Su nombre allí era Christian González y su influencia se extendió rápidamente hacia otras pequeñas poblaciones del sur. Nadie quería perderse que ese hombre sonriente y afable, de buen porte, carismático e histriónico que saludaba a todos los fieles por su nombre, les diera la comunión.
Pasaron ocho años hasta que alguien volvió a acordarse de él. Fue descubierto por un equipo periodístico en abril de 2003. En febrero de ese año, el fiscal Félix Pablo Crous había solicitado su detención aunque nadie sabía dónde estaba. Apareció el 6 de agosto en una audiencia del Juicio por la Verdad en La Plata. Fue liberado 24 horas después, pero a fines de septiembre quedó tras las rejas hasta el día de hoy. El resto es historia conocida.
Fuentes consultadas
-Brienza, Hernán. Maldito tú eres. El caso Von Wernich, Iglesia y represión ilegal. Editorial Marea. 2004.
-Diario Junio. “Tenía que quebrar espiritualmente a los detenidos”, reportaje a Hernán Brienza. 5 de octubre de 2004.
-Gastaldi, Claudio. “Los hijos de la Concordia impune”, en Semanario Análisis. 21 de agosto de 2003.
(Historia de Christian von Wernich)
Por Juan Cruz VarelaEl martillo cayó exactamente a las 19.39 del martes 9 de octubre. Entonces los pañuelos blancos elevaron en un solo grito el rostro de Jorge Julio López cargado de reclamo. Camisa celeste, cuello clerical, chaleco antibalas, el hombre de cabeza calva y cana mantuvo su gesto adusto e imperturbable y apenas si pudo esbozar una sonrisa nerviosa. Había perdido ya su actitud provocadora, desafiante. Juntó las manos delante del cuerpo, dejó que le coloquen las esposas y marchó detrás de los policías que lo conducirían nuevamente a su celda en el penal de Marcos Paz.
Christian Federico von Wernich acababa de ser condenado a la pena de reclusión perpetua por considerárselo partícipe necesario en la privación ilegal de la libertad agravada de 34 personas y coautor de la aplicación de tormentos agravados de 31; y coautor de la privación de la libertad agravada y del homicidio triplemente calificado de siete personas cometidos en el marco del genocidio ocurrido entre 1976 y 1983 en la Argentina. Ese día se convirtió en el primer sacerdote de América Latina y el segundo en el mundo en ser condenado por crímenes de lesa humanidad.
Von Wernich nació el 27 de mayo de 1938 en San Isidro, aunque llegó a Concordia cuando tenía apenas dos años de vida. Fue el cuarto de diez hermanos -cuatro mujeres y seis varones-, hijos de uno de los primeros forestadores de la región y de una mujer de una fina familia de Buenos Aires.
El padre, Guillermo von Wernich, administraba bienes y quintas cítricas y llegó a hacer una fortuna, pero la dilapidó. Era uno de los referentes sociales y culturales de una época en la que Concordia era una ciudad próspera, pero en la que el poder del capital financiero marcaba el rol de las clases sociales. Y los chicos bien de la ciudad apuraban su crecimiento tomando mucho y fumando más. Su característica era la impunidad.
Queque, como le decían, era de uno de esos jóvenes, que creía normal cruzar en diagonal la Plaza 25 de Mayo montado en un jeep descapotable y a toda velocidad frente a la Jefatura Departamental de Policía; o perseguir con el mismo vehículo al entonces director del Colegio Nacional, Rafael Dickestein -también fue víctima de algunos bombazos de alquitrán-, por considerarlo incapaz de dirigir la institución por su condición de judío, en tiempos en que formaba parte de las patotas que defendían la “educación libre” con manoplas y cadenas. Y como hijo bien aprendido de la prepotencia, en 1955, tras la caída del gobierno peronista, fue parte de las hordas que arrastraron los símbolos del movimiento popular, como el busto de Evita, destrozaron los autos de quienes consideraban sus enemigos y organizaron caravanas de festejos por el golpe. Ya era entonces un adolescente que organizaba el becerro, como llamaban a las fiestas negras, de las que participaban entre ocho y diez muchachos y dos o tres chicas a las que definían como “liberales”, para aclarar que no se trataba de prostitutas; y de picadas en la zona del puerto con autos propios o robados que luego dejaban abandonados. “Era un muchacho pintón”, insisten en recordar algunos. “Tal vez un poco mujeriego aunque nunca se le conoció una novia”, rememoran todavía otros.
Nadie recuerda exactamente en qué momento de su vida encontró la vocación religiosa. De hecho, durante la década de 1960 Von Wernich no terminaba de encontrar su lugar en el mundo, y luego de empezar y largar un par de veces el Seminario, quiso convertirse en dandy. Mujeres no le faltaban aunque, como reveló una de ellas muchos años después, “era demasiado chiquilín y superficial”. Recorrió Europa y Estados Unidos y luego retomó sus estudios sacerdotales. Su ordenación se dio recién a los 35 años y de una manera bastante poco clara. En Concordia no obran datos de ello porque, según la información que dieron en la Diócesis al tribunal que lo condenó hace unas semanas, Von Wernich cursó sus estudios en el Seminario de Paraná. Sin embargo, hay quienes aseguran que no pasó por el Seminario y otros afirman que fue expulsado. Lo cierto es que por sus pecados juveniles varios obispos se negaron a tomarle juramento, hasta que el arzobispo de La Plata, Antonio Plaza, lo hizo el 31 de marzo de 1974.
Inmediatamente se conectó con el grupo represivo de la ciudad, que estaba organizado por Ramón Camps, un nefasto personaje oriundo de Paraná al que había conocido por intermedio del coronel Manuel Alejandro Morelli -el mismo que ordenó la Masacre de Fátima-, que estaba casado con su hermana Susana.
La patota tenía el tono de una cruzada religiosa: Camps se declaraba defensor de los valores occidentales y del cristianismo y el propio Plaza era quien bendecía el uso de la picana. En ese esquema, Von Wernich tenía un rol específico: era quien realizaba el trabajo de campo en los centros clandestinos de detención. Con sotana o sin ella, llegaba después de tres, cuatro o cinco días de tortura y a quienes soportaban y no cantaban les sugería que debían hacerlo en nombre de Dios. “La vida de los hombres depende de Dios y de tu colaboración”, solía decir a los detenidos. Para extraer información utilizaba el secreto confesional, aunque en el juicio se animó a decir que “ningún sacerdote de la Iglesia Católica Apostólica Romana violó el sacramento de la confesión a lo largo de los 2.000 años de historia o lo usufructuó para fines no determinados”.
Concordia siempre fue un lugar de permanente retorno para Von Wernich. Nunca faltaba para las fechas importantes. Llegaba en su automóvil, que guardaba en el lavadero y estacionamiento de su hermano, con una potente radio de gruesa antena que le permitía comunicarse con el mundo. Y en la guantera tenía más de una docena de documentos de identidad y carnet de conductor con diferentes nombres y su foto.
En 1978 le tocó cumplir otra misión para la dictadura. Como lo hizo Alfredo Astiz en Francia, Von Wernich fue enviado a Nueva York para infiltrarse en los organismos de derechos humanos que buscaban informaciones sobre los desaparecidos. Sin embargo, fue descubierto y retornó a Buenos Aires.
Cuando la dictadura comenzaba a derrumbarse y él a quedarse sin apoyos políticos, buscó refugio en un pequeño pueblo del centro de la provincia de Buenos Aires, llamado Norberto de la Riestra. Allí lo encontró el retorno de la democracia. Parecía un lugar ideal para esconder su pasado y pasar por un simple profesor de inglés, compinche de los estudiantes secundarios entre campamentos y fiestas colegiales. Pero su ambición lo traicionó. A principios de 1988, pidió su traslado a una Diócesis más importante, y en Bragado volvieron los problemas cuando la madre de Cecilia Idiart -una de las siete personas asesinadas por las que fue condenado- comenzó a organizar marchas y escraches en su contra.
Nuevamente buscó resguardo en un pueblito, aunque ahora fuera del país. Von Wernich viajó silenciosamente a Chile y recaló en la parroquia de El Quisco, a 15 kilómetros de Isla Negra. Su nombre allí era Christian González y su influencia se extendió rápidamente hacia otras pequeñas poblaciones del sur. Nadie quería perderse que ese hombre sonriente y afable, de buen porte, carismático e histriónico que saludaba a todos los fieles por su nombre, les diera la comunión.
Pasaron ocho años hasta que alguien volvió a acordarse de él. Fue descubierto por un equipo periodístico en abril de 2003. En febrero de ese año, el fiscal Félix Pablo Crous había solicitado su detención aunque nadie sabía dónde estaba. Apareció el 6 de agosto en una audiencia del Juicio por la Verdad en La Plata. Fue liberado 24 horas después, pero a fines de septiembre quedó tras las rejas hasta el día de hoy. El resto es historia conocida.
Fuentes consultadas
-Brienza, Hernán. Maldito tú eres. El caso Von Wernich, Iglesia y represión ilegal. Editorial Marea. 2004.
-Diario Junio. “Tenía que quebrar espiritualmente a los detenidos”, reportaje a Hernán Brienza. 5 de octubre de 2004.
-Gastaldi, Claudio. “Los hijos de la Concordia impune”, en Semanario Análisis. 21 de agosto de 2003.
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