Madres, abuelas, hermanas
(Abuelas de Plaza de Mayo, 1977-2007)
¿Cómo expresar con palabras todo el amor que sentimos?
¿Cómo expresar con palabras tanta admiración?
¿Cómo expresar con palabras tanta fuerza, tanta dignidad, tanta altura?
Hace ya muchos años, cuando como parte de una generación comenzamos a soñar un país diferente, cuando nos metimos de lleno en una lucha desigual, pero convencidos de que era el único camino para revertir tanta injusticia, ellas estaban ahí.
Cuando empezamos a transitar el duro y difícil sendero de luchar para transformar ese sueño en realidad, ellas estaban ahí.
Cuando la historia y el sufrimiento de todos como pueblo nos convencieron que debíamos llevar ese proyecto a la acción, ellas estaban ahí.
Estaban como un soporte, como un puntal silencioso, con miedos, inseguridades, casi sin saber, casi sin entender. Pero estaban, siempre estaban.
Ya eran madres, inmensas madres que a puro amor cobijaban esos sueños que nosotros buscábamos hacer realidad.
Cuando esos sueños fueron tomando la altura de un vuelo peligroso para la injusticia y se fueron metiendo de lleno en el corazón del pueblo, el poder de la crueldad y del dinero se hizo presente en toda su macabra dimensión. Cuando ese cobarde poder, metido en la profundidad de las estructuras de nuestro Estado, poder de sangre, destrucción y soberbia, cuando ese poder se hizo presente con toda su furia y su demencia para tratar de pisar esos sueños, ellas empezaron a caminar.
Salieron lentamente de sus casas a buscarnos. Regresaban noche a noche sin nada. Sus corazones quedaron en las calles, golpearon tímidamente todas las puertas y sufrieron al cerrarse cada una de ellas. Lloraban de impotencia las humillaciones. Lloraban de bronca las burlas armadas. Así se fueron alimentando. Cada lágrima generaba nuevas energías y poco a poco, entre golpes, penumbras y barreras fueron entendiendo.
Muchos de nosotros ya no estábamos. En su búsqueda, se encontraron frente a frente con toda esa injusticia, con las miserias de un pueblo explotado y fueron comprendiendo el motivo de nuestra lucha. Se hicieron cada vez más fuertes, fueron creciendo día a día, siguieron y seguirán creciendo por encima de la mentira, por encima de la muerte.
No nos encontraron o recibieron cuerpos destrozados, como creyendo destrozar un sueño.
Aprendieron a vivir con la angustia y el dolor de saber que no nos verían. Fueron así, levantándose y levantando pequeñas y grandes banderas que recogieron en su camino.
Sin saberlo, tal vez, se transformaron en hermanas; sin pensarlo, quizás, en su pesada búsqueda, entre piedras y miserias, fueron encontrando esos sueños.
Los tomaron como propios, se hicieron hermanas de sus hijos, los fueron descubriendo, los fueron encontrando en lo más digno de sus luchas, así crecieron más y más, se pusieron las banderas como escudos.
Hermosas hermanas.
Quienes las hemos visto subir tanto casi no entendemos, y así como ellas en otros tiempos, nos cuesta entender tanto coraje, tanta dignidad, tanta fuerza, tanta rebeldía, tanto amor, tanto dolor mostrando alegría a cada paso.
Hermanas mayores que aún hoy nos ayudan a encontrar el camino que buscábamos, un camino de dignidad, de justicia y de paz para construir entre todos un país más equitativo, sin las traiciones y entregas actuales.
Hermanas.
Pero su búsqueda fue doble. La demencia las enfrentó a una realidad mucho más cruel y más cobarde. Los dueños del terror y de las sombras se habían llevado la sangre de su sangre. La angustia y el dolor de saber que sus nietos, nuestros hijos, estaban entre las garras asesinas, las hizo más y más fuertes y corrieron, corrieron y corrieron.
También supieron que aquellas semillas de su propia sangre habían germinado en las cuevas del terror transformándolos en botines de guerra, y corrieron mucho más.
Han llegado tan lejos, han recorrido tanto, han abierto fronteras, sumaron generaciones, nos han mostrado otro camino. Con amor y coraje le enseñaron y le enseñan cómo es vivir y morir con grandeza a esta sociedad todavía dormida que aún no entiende que la libertad no es un producto que se compra.
Son 30 años en los que no han parado un segundo a descansar. No se lo pueden permitir.
“Tenemos mucho amor, pero poco tiempo”.
Y van por más, todos los días van por más.
Ya van 88 sueños recuperados, 88 banderas liberadas, 88 batallas ganadas. Han generado algo especial, enorme, como ellas, que ya no puede parar, tiene vida propia, un motor que se transforma en nueva esperanza y nos llena de vida.
Quienes hemos tenido la suerte de conocerlas desde aquel día en que empezaron a caminar, sabemos, queridas madres, abuelas, hermanas que tienen todavía mucho amor para entregar, y aunque el tiempo pase y se nos escape, nosotros, hijos, hermanos, nietos y nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos levantarán las banderas de su inquebrantable lucha y no pararemos y no pararán hasta que la última semilla de nuestra sangre, de vuestra sangre, haya recuperado la libertad al salir de las sombras y recupere su digna y merecida identidad.
Desde estas tierras entrerrianas confirmamos un compromiso asumido hace años, seguiremos buscando a nuestros hermanos para rescatarlos de las penumbras donde fueron escondidos como trofeos por los mercenarios de la espada y la riqueza, y tampoco pararemos hasta recuperar la última semilla germinada en nuestras entrañas.
Queridas madres, abuelas, hermanas, el tiempo pasará para cada uno de nosotros, pero lo que ustedes han sembrado con coraje y con la fuerza de la verdad continuará creciendo eternamente como nuevas banderas de lucha y libertad.
(Abuelas de Plaza de Mayo, 1977-2007)
¿Cómo expresar con palabras todo el amor que sentimos?¿Cómo expresar con palabras tanta admiración?
¿Cómo expresar con palabras tanta fuerza, tanta dignidad, tanta altura?
Hace ya muchos años, cuando como parte de una generación comenzamos a soñar un país diferente, cuando nos metimos de lleno en una lucha desigual, pero convencidos de que era el único camino para revertir tanta injusticia, ellas estaban ahí.
Cuando empezamos a transitar el duro y difícil sendero de luchar para transformar ese sueño en realidad, ellas estaban ahí.
Cuando la historia y el sufrimiento de todos como pueblo nos convencieron que debíamos llevar ese proyecto a la acción, ellas estaban ahí.
Estaban como un soporte, como un puntal silencioso, con miedos, inseguridades, casi sin saber, casi sin entender. Pero estaban, siempre estaban.
Ya eran madres, inmensas madres que a puro amor cobijaban esos sueños que nosotros buscábamos hacer realidad.
Cuando esos sueños fueron tomando la altura de un vuelo peligroso para la injusticia y se fueron metiendo de lleno en el corazón del pueblo, el poder de la crueldad y del dinero se hizo presente en toda su macabra dimensión. Cuando ese cobarde poder, metido en la profundidad de las estructuras de nuestro Estado, poder de sangre, destrucción y soberbia, cuando ese poder se hizo presente con toda su furia y su demencia para tratar de pisar esos sueños, ellas empezaron a caminar.
Salieron lentamente de sus casas a buscarnos. Regresaban noche a noche sin nada. Sus corazones quedaron en las calles, golpearon tímidamente todas las puertas y sufrieron al cerrarse cada una de ellas. Lloraban de impotencia las humillaciones. Lloraban de bronca las burlas armadas. Así se fueron alimentando. Cada lágrima generaba nuevas energías y poco a poco, entre golpes, penumbras y barreras fueron entendiendo.
Muchos de nosotros ya no estábamos. En su búsqueda, se encontraron frente a frente con toda esa injusticia, con las miserias de un pueblo explotado y fueron comprendiendo el motivo de nuestra lucha. Se hicieron cada vez más fuertes, fueron creciendo día a día, siguieron y seguirán creciendo por encima de la mentira, por encima de la muerte.
No nos encontraron o recibieron cuerpos destrozados, como creyendo destrozar un sueño.
Aprendieron a vivir con la angustia y el dolor de saber que no nos verían. Fueron así, levantándose y levantando pequeñas y grandes banderas que recogieron en su camino.
Sin saberlo, tal vez, se transformaron en hermanas; sin pensarlo, quizás, en su pesada búsqueda, entre piedras y miserias, fueron encontrando esos sueños.
Los tomaron como propios, se hicieron hermanas de sus hijos, los fueron descubriendo, los fueron encontrando en lo más digno de sus luchas, así crecieron más y más, se pusieron las banderas como escudos.
Hermosas hermanas.
Quienes las hemos visto subir tanto casi no entendemos, y así como ellas en otros tiempos, nos cuesta entender tanto coraje, tanta dignidad, tanta fuerza, tanta rebeldía, tanto amor, tanto dolor mostrando alegría a cada paso.
Hermanas mayores que aún hoy nos ayudan a encontrar el camino que buscábamos, un camino de dignidad, de justicia y de paz para construir entre todos un país más equitativo, sin las traiciones y entregas actuales.
Hermanas.
Pero su búsqueda fue doble. La demencia las enfrentó a una realidad mucho más cruel y más cobarde. Los dueños del terror y de las sombras se habían llevado la sangre de su sangre. La angustia y el dolor de saber que sus nietos, nuestros hijos, estaban entre las garras asesinas, las hizo más y más fuertes y corrieron, corrieron y corrieron.
También supieron que aquellas semillas de su propia sangre habían germinado en las cuevas del terror transformándolos en botines de guerra, y corrieron mucho más.
Han llegado tan lejos, han recorrido tanto, han abierto fronteras, sumaron generaciones, nos han mostrado otro camino. Con amor y coraje le enseñaron y le enseñan cómo es vivir y morir con grandeza a esta sociedad todavía dormida que aún no entiende que la libertad no es un producto que se compra.
Son 30 años en los que no han parado un segundo a descansar. No se lo pueden permitir.
“Tenemos mucho amor, pero poco tiempo”.
Y van por más, todos los días van por más.
Ya van 88 sueños recuperados, 88 banderas liberadas, 88 batallas ganadas. Han generado algo especial, enorme, como ellas, que ya no puede parar, tiene vida propia, un motor que se transforma en nueva esperanza y nos llena de vida.
Quienes hemos tenido la suerte de conocerlas desde aquel día en que empezaron a caminar, sabemos, queridas madres, abuelas, hermanas que tienen todavía mucho amor para entregar, y aunque el tiempo pase y se nos escape, nosotros, hijos, hermanos, nietos y nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos levantarán las banderas de su inquebrantable lucha y no pararemos y no pararán hasta que la última semilla de nuestra sangre, de vuestra sangre, haya recuperado la libertad al salir de las sombras y recupere su digna y merecida identidad.
Desde estas tierras entrerrianas confirmamos un compromiso asumido hace años, seguiremos buscando a nuestros hermanos para rescatarlos de las penumbras donde fueron escondidos como trofeos por los mercenarios de la espada y la riqueza, y tampoco pararemos hasta recuperar la última semilla germinada en nuestras entrañas.
Queridas madres, abuelas, hermanas, el tiempo pasará para cada uno de nosotros, pero lo que ustedes han sembrado con coraje y con la fuerza de la verdad continuará creciendo eternamente como nuevas banderas de lucha y libertad.
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