Paloma y Laurel
Por Luis Pirro (*)
Nos conocimos a los 15 años. Seguramente la persona más carismática que había conocido hasta ese entonces en mi corta edad. Luego la vida me haría saber que Luis Alberto Bicho Fadil formaba parte de un grupo de adolescentes particularmente inteligentes y con capacidades de liderar transformaciones sociales. Nada más y nada menos. Era evidente la emergencia y la necesidad política de tomar posiciones y protagonismo en el contexto de un país desquiciado por dictaduras, traiciones oligárquicas y manipulaciones imperialistas y de una democracia naciente en 1973, marcada histórica y tristemente por la masacre de Ezeiza.
De una mente brillante, gran lector, humanamente sensible y extraordinario compañero.
Carismático, decía, por la forma de acercarse a los demás, por el atractivo que generaba su personalidad multifacética y por una capacidad discursiva que incluía la sencillez, la simpleza, el ingenio y la agudeza, poniendo a prueba constantemente y sin proponérselo la altura de su interlocutor.
Me pregunto cómo escribir una pequeña semblanza donde quede registrado lo verdadero, sin caer en lugares comunes, con el riesgo que no se perciba la intención del escrito.
Me pregunto cómo escribir sin que los recuerdos rocen la melancolía. Y no es lo que quiero en este momento. Quiero decir que el Bicho Fadil no debe quedar sólo como un recuerdo. Debe volver.
Debes volar, debes volver, al nido tibio del atardecer…
Paloma y Laurel. Una canción de nuestra época, más precisamente un retumbo con letra de Armando Tejada Gómez y música de César Isella. Una canción pegadiza para él y que canturreaba permanentemente mientras caminaba, en los campamentos, en las reuniones.
Su paso largo y seguro, sus brazos largos y abiertos, su abrazo fraterno y su gran amabilidad y don de gente y su compromiso revolucionario y transformador hacían imposible no querer seguir su destino.
Cuando decidimos ampliar los horizontes de nuestra incipiente organización política en la escuela secundaria, fuimos a una reunión donde conocí a Eduardo Mencho Germano.
Un mechón de pelo rubio tipo bucle sobre la frente y una esencia de trasgresor innato que le salía por los poros de la piel. Incontenible. Fundamentalmente político. Otra cabeza brillante, increíble. Una persona excelente desde lo humano, solidario, contenedor. Con una capacidad política también innata en su manera de escuchar y de intervenir en las necesidades grupales.
Ameno, agradable, entrador y permanentemente desafiando los límites de cualquier situación. Había que tener con qué, por supuesto. Y él lo tenía.
Cómo se conjugaron esas personalidades, más la de los otros compañeros militantes. Cuántos chicos brillantes. Mario Menéndez. Otro grande.
Con Mario compartimos muchas cosas: escuela, estudio, militancia.
Mario era gigante. Sus concepciones y su manera de analizar la realidad y su capacidad intelectual y humana, sumado a su convicción inquebrantable, lo hacían una persona sólida en todo sentido. Otro líder por naturaleza.
Con el tiempo me di cuenta lo que fue esa yunta.
El trío Bicho-Mencho-Mario era tan contundente como la realidad. Era un trío fundante.
Fundaron no sólo la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y la conciencia colectiva en el estudiantado. Fundaron una manera de entender e intervenir en la realidad política argentina para todos los adolescentes secundarios de esa época en Paraná. Eran líderes naturales, necesarios.
Fundaron en los otros la alegría que se desprende de la identidad.
Me pregunto cómo escribir una semblanza sin caer en lugares comunes, con el riesgo que no se perciba la intención del escrito.
Me pregunto cómo escribir sin que los recuerdos hagan estragos en la melancolía. Y no es lo que quiero en este momento. Quiero decir que el Mencho Germano debe volver. Quiero decir que Mario Menéndez debe volver.
Debes volar, debes volver, al nido tibio del atardecer… Una canción pegadiza para todos, una necesidad de cantarla una y otra vez, una necesidad de que vuelvan una y otra vez a decirnos quiénes somos estos tres pibes de oro.
Porque parece que no lo sabemos todavía y esta sociedad quebrada en su identidad y en su convicción, está a punto de querer olvidar todo el tiempo.
Me pregunto cómo escribir una pequeña semblanza que deje registrada una parte de la verdad. La verdad que tres grandes compañeros revolucionarios y transformadores nos enseñaron. La verdad de quiénes eran ellos. Una pequeña semblanza, un trazo, un borde, una figura, una impronta, un rasgo de sus personalidades, una anécdota. Un segundo de sus vidas que quede grabado en el papel.
Recuerdo una reunión en un aula o salón en la Iglesia San Antonio. Bicho pedía el lugar para supuestas reuniones de grupos religiosos. Por supuesto que eran reuniones políticas. En una oportunidad, en medio de la reunión, se siente ruido y era uno de los sacerdotes o encargados del lugar, entonces el Bicho, para disimular, nos pide que cantemos una canción religiosa. Nadie se acordaba de ninguna. De pronto, me acuerdo de una y empiezo a cantar. La letra decía: “Venid y vamos todos con flores a María, con flores a María que madre nuestra es”. Los compañeros se doblaban en dos para disimular la risa. Mario no podía disimular, pero el Bicho, mientras cantaba aprendiendo la letra que yo iba largando, los miraba a todos como diciendo: “No sean boludos“. El Mencho, preocupado por esconder el material bibliográfico con leyendas de Montoneros y JP, y con cara de circunstancia y sin poder seguir la letra, comenzó a hacer palmas. El cuadro era patético. Nos divertimos mucho después de eso y quedó como una anécdota tonta, pero definitivamente grabada en nosotros. Por ese hecho, y por la forma en que cantaba ya que era el único que lo hacía claramente y en voz alta, el Bicho me bautizó como El Monaguillo, un apodo que duró un par de meses.
Recuerdo haber caminado con ellos por la calle en momentos difíciles.
Con Bicho, un año antes que lo mataran, cuando nos despedíamos antes que se fuera a Santa Fe. Eso fue en septiembre de 1975. Con Mencho caminamos en Rosario poco antes de su desaparición en noviembre de 1976. Hacía un mes que lo habían matado a Bicho y hablamos mucho de eso con Eduardo. Lo mismo pasó después con Mario, en junio de 1977, antes de su desaparición.
Quiero decir que nos encontramos en Rosario y hablamos de todo, y de los compañeros que ya no estaban, y los presos, y el futuro.
Ahora me doy cuenta que después de Mario ya no pude hablar más con nadie. Fue mi último interlocutor.
Ahora me doy cuenta de la primera frase del párrafo anterior, que tendría que haber terminado con un punto.
“Recuerdo haber caminado con ellos”.
Me pregunto cómo escribir con la necesidad de la memoria pero sin quedarme sólo en el recuerdo. Sin quedar pegado a la melancolía. Y no es lo que quiero en este momento. Ellos abrieron los sueños. Ellos fundaron la esperanza en nosotros de un mundo mejor.
Quiero decir Bicho, quiero decir Mencho, quiero decir Mario.
Deben volver.
Quiero seguir caminando.
Quiero seguir siendo quien soy.
Quiero seguir cantando Paloma y Laurel.
(*) Escrito el 24 de diciembre de 2006.
Por Luis Pirro (*)Nos conocimos a los 15 años. Seguramente la persona más carismática que había conocido hasta ese entonces en mi corta edad. Luego la vida me haría saber que Luis Alberto Bicho Fadil formaba parte de un grupo de adolescentes particularmente inteligentes y con capacidades de liderar transformaciones sociales. Nada más y nada menos. Era evidente la emergencia y la necesidad política de tomar posiciones y protagonismo en el contexto de un país desquiciado por dictaduras, traiciones oligárquicas y manipulaciones imperialistas y de una democracia naciente en 1973, marcada histórica y tristemente por la masacre de Ezeiza.
De una mente brillante, gran lector, humanamente sensible y extraordinario compañero.
Carismático, decía, por la forma de acercarse a los demás, por el atractivo que generaba su personalidad multifacética y por una capacidad discursiva que incluía la sencillez, la simpleza, el ingenio y la agudeza, poniendo a prueba constantemente y sin proponérselo la altura de su interlocutor.
Me pregunto cómo escribir una pequeña semblanza donde quede registrado lo verdadero, sin caer en lugares comunes, con el riesgo que no se perciba la intención del escrito.
Me pregunto cómo escribir sin que los recuerdos rocen la melancolía. Y no es lo que quiero en este momento. Quiero decir que el Bicho Fadil no debe quedar sólo como un recuerdo. Debe volver.
Debes volar, debes volver, al nido tibio del atardecer…
Paloma y Laurel. Una canción de nuestra época, más precisamente un retumbo con letra de Armando Tejada Gómez y música de César Isella. Una canción pegadiza para él y que canturreaba permanentemente mientras caminaba, en los campamentos, en las reuniones.
Su paso largo y seguro, sus brazos largos y abiertos, su abrazo fraterno y su gran amabilidad y don de gente y su compromiso revolucionario y transformador hacían imposible no querer seguir su destino.
Cuando decidimos ampliar los horizontes de nuestra incipiente organización política en la escuela secundaria, fuimos a una reunión donde conocí a Eduardo Mencho Germano.
Un mechón de pelo rubio tipo bucle sobre la frente y una esencia de trasgresor innato que le salía por los poros de la piel. Incontenible. Fundamentalmente político. Otra cabeza brillante, increíble. Una persona excelente desde lo humano, solidario, contenedor. Con una capacidad política también innata en su manera de escuchar y de intervenir en las necesidades grupales.
Ameno, agradable, entrador y permanentemente desafiando los límites de cualquier situación. Había que tener con qué, por supuesto. Y él lo tenía.
Cómo se conjugaron esas personalidades, más la de los otros compañeros militantes. Cuántos chicos brillantes. Mario Menéndez. Otro grande.
Con Mario compartimos muchas cosas: escuela, estudio, militancia.
Mario era gigante. Sus concepciones y su manera de analizar la realidad y su capacidad intelectual y humana, sumado a su convicción inquebrantable, lo hacían una persona sólida en todo sentido. Otro líder por naturaleza.
Con el tiempo me di cuenta lo que fue esa yunta.
El trío Bicho-Mencho-Mario era tan contundente como la realidad. Era un trío fundante.
Fundaron no sólo la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y la conciencia colectiva en el estudiantado. Fundaron una manera de entender e intervenir en la realidad política argentina para todos los adolescentes secundarios de esa época en Paraná. Eran líderes naturales, necesarios.
Fundaron en los otros la alegría que se desprende de la identidad.
Me pregunto cómo escribir una semblanza sin caer en lugares comunes, con el riesgo que no se perciba la intención del escrito.
Me pregunto cómo escribir sin que los recuerdos hagan estragos en la melancolía. Y no es lo que quiero en este momento. Quiero decir que el Mencho Germano debe volver. Quiero decir que Mario Menéndez debe volver.
Debes volar, debes volver, al nido tibio del atardecer… Una canción pegadiza para todos, una necesidad de cantarla una y otra vez, una necesidad de que vuelvan una y otra vez a decirnos quiénes somos estos tres pibes de oro.
Porque parece que no lo sabemos todavía y esta sociedad quebrada en su identidad y en su convicción, está a punto de querer olvidar todo el tiempo.
Me pregunto cómo escribir una pequeña semblanza que deje registrada una parte de la verdad. La verdad que tres grandes compañeros revolucionarios y transformadores nos enseñaron. La verdad de quiénes eran ellos. Una pequeña semblanza, un trazo, un borde, una figura, una impronta, un rasgo de sus personalidades, una anécdota. Un segundo de sus vidas que quede grabado en el papel.
Recuerdo una reunión en un aula o salón en la Iglesia San Antonio. Bicho pedía el lugar para supuestas reuniones de grupos religiosos. Por supuesto que eran reuniones políticas. En una oportunidad, en medio de la reunión, se siente ruido y era uno de los sacerdotes o encargados del lugar, entonces el Bicho, para disimular, nos pide que cantemos una canción religiosa. Nadie se acordaba de ninguna. De pronto, me acuerdo de una y empiezo a cantar. La letra decía: “Venid y vamos todos con flores a María, con flores a María que madre nuestra es”. Los compañeros se doblaban en dos para disimular la risa. Mario no podía disimular, pero el Bicho, mientras cantaba aprendiendo la letra que yo iba largando, los miraba a todos como diciendo: “No sean boludos“. El Mencho, preocupado por esconder el material bibliográfico con leyendas de Montoneros y JP, y con cara de circunstancia y sin poder seguir la letra, comenzó a hacer palmas. El cuadro era patético. Nos divertimos mucho después de eso y quedó como una anécdota tonta, pero definitivamente grabada en nosotros. Por ese hecho, y por la forma en que cantaba ya que era el único que lo hacía claramente y en voz alta, el Bicho me bautizó como El Monaguillo, un apodo que duró un par de meses.
Recuerdo haber caminado con ellos por la calle en momentos difíciles.
Con Bicho, un año antes que lo mataran, cuando nos despedíamos antes que se fuera a Santa Fe. Eso fue en septiembre de 1975. Con Mencho caminamos en Rosario poco antes de su desaparición en noviembre de 1976. Hacía un mes que lo habían matado a Bicho y hablamos mucho de eso con Eduardo. Lo mismo pasó después con Mario, en junio de 1977, antes de su desaparición.
Quiero decir que nos encontramos en Rosario y hablamos de todo, y de los compañeros que ya no estaban, y los presos, y el futuro.
Ahora me doy cuenta que después de Mario ya no pude hablar más con nadie. Fue mi último interlocutor.
Ahora me doy cuenta de la primera frase del párrafo anterior, que tendría que haber terminado con un punto.
“Recuerdo haber caminado con ellos”.
Me pregunto cómo escribir con la necesidad de la memoria pero sin quedarme sólo en el recuerdo. Sin quedar pegado a la melancolía. Y no es lo que quiero en este momento. Ellos abrieron los sueños. Ellos fundaron la esperanza en nosotros de un mundo mejor.
Quiero decir Bicho, quiero decir Mencho, quiero decir Mario.
Deben volver.
Quiero seguir caminando.
Quiero seguir siendo quien soy.
Quiero seguir cantando Paloma y Laurel.
(*) Escrito el 24 de diciembre de 2006.
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